En ciertas condiciones, la piel humana puede cambiar a
tonos anormales, como el azul, pero también puede volverse verde sin necesidad de enfurecerse tras una
dosis accidental de rayos gamma. Es la consecuencia de la clorosis, una
enfermedad cuyo nombre se asocia actualmente más con las plantas. Por
increíble que parezca, tampoco proporcionaba una fuerza sobrehumana, sino
fatiga, anemia, amenorrea, falta de apetito y, paradójicamente, pica, es
decir, la necesidad de consumir sustancias no nutritivas, como cera de los
oídos. Era padecida principalmente por mujeres jóvenes, aunque había casos
masculinos que eran tildados de afeminados.
Los inicios misteriosos
La clorosis fue descrita por J. Varandal en 1615, quien la bautizó a partir
del griego χλωρός (chloros, "verde") por el tono de la piel de los
pacientes. Debido a que la población más afectada eran las mujeres, tanto en
adolescentes como adultas de aspecto débil, fue considerada una enfermedad
histérica, agrupándola con la epilepsia, la manía, la paranoia, la melancolía
como supuesta consecuencia del movimiento uterino por el cuerpo.
Afortunadamente, el remedio recetado era bien sencillo: el matrimonio.
Reconociendo la fuerza revitalizadora del hierro que los griegos reconocían
como propia de Ares, Sydenham recomendó acertadamente la administración de un
tónico de este metal. Fue un hallazgo realmente importante, porque la
presencia del hierro en la sangre no fue descubierta hasta 1713 gracias al
trabajo de L. Lemery y F. Geoffroy. A comienzos del siglo siguiente ya era
reconocida como una anemia microcítica, con glóbulos rojos más pequeños. En
1832 ya se publicaron un par de artículos donde se relacionaba la falta de
hierro en la sangre de los afectados y el médico P. Blaud presentó pastillas
de sulfato ferroso y carbonato potásico para su tratamiento, popularizándose,
aunque el hierro era considerado como un fármaco paliativo. Esto era así
porque se creía que el organismo animal era incapaz de aprovechar ni absorber
las moléculas inorgánicas, que necesitaban de plantas con esta capacidad.
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Gustav von Bunge |
A pesar de ello, en la segunda mitad del siglo XIX la clorosis se hizo aún más
común en Europa, aunque se cree que como un error de diagnóstico por el que
muchas clorosis fueran realmente anemias secundarias asociadas con
tuberculosis pulmonar, úlcera péptica u otras enfermedades crónicas. El médico
francés Armand Trousseau ya las distinguía como clorosis falsas, que
clasificaba como tuberculares o sifilíticas, en contraste con las clorosis
verdaderas que clasificaba como un trastorno nervioso que inducía
palpitaciones cardiacas, espasmos estomacales, intestinales y uterinos, así
como la alteración hemática. Por sus extraños hábitos alimenticios, por los
que se decía que preferían morir de hambre antes de tener hábitos alimenticios
normales, rechazaba su condición de caquexia, es decir, la desnutrición. Esto
iba en consonancia con la explicación de Gustav von Bunge al método de acción de
las pastillas de Blaud von Bunge consideraba que la clorosis era un trastorno
nervioso que afectaba el intestino, donde aumentaba la generación de ácido
sulfhídrico que combinado con el hierro orgánico del alimento producía sulfuro
ferroso incapaz de absorberse. La pastilla se combinaba con el ácido
sulfhídrico, liberando hierro que podía absorberse para generar
hemoglobina.
El también médico francés Joseph-Marie-Jules Parrot intentó buscar la causa en
los cambios fisiológicos que se producían en la maduración de las
adolescentes, defendiéndola igualmente como un trastorno nervioso que afectaba
al resto de sistemas. No obstante, Rudolph Virchow ya apuntaba al sistema
circulatorio como causante del mal, específicamente una hipoplasia cardiaca y
vascular, es decir, que no se habían desarrollado completamente. Andrew Clark
lo defendió, pero lo consideró como una consecuencia de la debilidad de los
glóbulos rojos asociado a la mala alimentación, ventilación, ejercicio, el
exceso de trabajo (especialmente mental), la soledad, la decepción, la
ausencia de divertimentos sanos, la impureza secreta y un trastorno
neurológico y digestivo.
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Credit: Wellcome Images |
Carl von Noorden discrepó con él al considerarla una enfermedad endógena de
los órganos hematopoyéticos, es decir, formadores de sangre, debido a la
pérdida o ausencia del estímulo químico originado en los genitales femeninos.
Los tratamientos propuestos tenían como meta estimular a los órganos
hematopoyéticos, pero eran tan variados como contradictorios: arsénico,
hierro, sangría o hidroterapia. Ni von Noorden ni Clark probaron sus
hipótesis, pero influyeron a generaciones posteriores.
Ralph Stockman demostró, contrario a lo que se creía, que el hierro inorgánico si
era absorbido y que la dieta de las afectadas no cubría la demanda del
crecimiento y la pérdida de sangre menstrual. Los trastornos alimenticios y la
depresión simplemente empeoraban el cuadro. Demostró que el máximo consumo de
hierro de estas pacientes no llegaba a la mitad del consumo mínimo de una
persona sana. Sin embargo, sus conclusiones fueron ignoradas debido al
prestigio de las ideas de von Noorden y von Bunge. Los científicos buscaban la
causa del mal, no la ausencia de un bien, por lo que no localizaban el origen
de la patología.
En las primeras décadas del siglo XX, la enfermedad comenzó a desaparecer y en
la cuarta década lo hacía tanto de los libros de texto como de las consultas
debido al mejor diagnóstico diferencial y a la profilaxis con preparados de
hierro, además de las mejores condiciones de vida y educativas de las mujeres.
Fuente
- Guggenheim, K. Y. (1995). Chlorosis: the rise and disappearance of a nutritional disease. The Journal of nutrition, 125(7), 1822-1825.
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